Las noches de Brassaï
Brassaï hizo de París, y sobre todo de sus noches, un mito. Curioso de las calles, salía con su equipo a retratar los ámbitos de la ciudad misteriosa. Una pequeña maleta cargada de accesorios, el flash, las bombillas, un trípode de madera y el cigarrillo. Brassaï era de esos fotógrafos que tenía el tiempo a su favor. Es decir, podía caerse el mundo pero él, con su cigarrillo interminable, esperaba el momento indicado. Demostraba así que la gran fotografía poco tiene que ver con el azar. Y esperaba con la certeza de ser testigo de la embriaguez, la orgía, la miseria. Luego tomaba la foto y, a la manera de las puertas y los muros, tenía la virtud de salir limpio de la noche cuando el alba despuntaba de cualquier mirada o resquicio. Entonces, Brassaï, ese “ojo vivo” al decir de Henry Miller, fijaba en el papel los vagos resplandores de ciertas esquinas. Los puentes urdidos por la bruma. El río reflejando su soledad universal. Los árboles, esos vigilantes ausentes. París de noche con sus 64 fotografías salió editado en 1933, y muy rápido se convirtió en un símbolo. De algún modo, fue la faceta sobria del extravagante surrealismo. Un delicado respiro de poesía visual, hecho de luz y sombra, antes de la llegada frenética de los nacionalismos europeos. En esas imágenes la urbe era rescatada del estropicio y la monotonía de las jornadas diurnas. París, como lo afirmaba Paul Morand, salía de su conservadurismo luminoso y se volvía oscuramente revolucionaria. Pero lo que es inolvidable en esas fotografías de Brassaï no es sólo su visión ensoñadora de los objetos que construían -muchos la siguen construyendo hoy- a la ciudad. Su acierto es el de haber sabido sopesar, medir, definir esa penumbra tomando como eje al único protagonista capaz de merecerla: el hombre. Porque las noches parisinas de Brassaï son sus transeúntes anónimos. Los maleantes que se confunden en un mismo rostro desde los tiempos medievales. Las putas de las calles y los cabarets como diosas degradadas. Los mendigos que, alrededor de tímidas fogatas, parecen vencidos guerreros extraviados en la historia. “Fue por tratar de agarrar la noche de París, que me convertí en fotógrafo”, estas palabras de Brassaï vienen siempre a la mente del viandante cuando recorre ciertos de sus parajes brumosos. Y por haberla sorprendido en su intimidad desnuda, sus fotos vuelven a las revistas y a las salas de exposiciones. Y París, que es vanidosa por naturaleza o por artificio, dice siempre a sus habitantes que vayan a mirarse en esas aguas de papel, tramadas por el que nació en Brasso, allá en la húngara Transilvania.


Pablo Montoya Campuzano