
La fotografía se tomó en abril de 1911. Gustav Mahler regresaba, enfermo, de Nueva York. El destino era Viena, la ciudad que lo odiaba y lo admiraba, y donde demostró ser el director de orquesta más grande de su tiempo. Acaso allí habría una posibilidad de alivio. Viena parecía ser, a pesar de los muchos problemas que le acarreaba su condición judía, el lugar de la patria encontrada. Pero Mahler no era ingenuo. Sabía que fuera de la música no había otra patria y que le restaba poco tiempo de vida. La imagen es aplastante si se piensa en la obra del compositor. Nada que ver con la grandiosidad fin de siglo de sus sinfonías, ni con el deseo de querer meter toda la naturaleza en ellas. Mahler se ve magro, devastado por su mal de corazón, solitario e inconsolable en uno de los rincones del barco. Y con uno de esos vestidos que, costasen lo que costasen, siempre le quedaban mal.
A su lado iba Alma, la esposa idolatrada y al mismo tiempo sometida. Iba también el pianista y compositor Ferruccio Busoni, quien trató, con su temperamento radiante, de hacerle la travesía menos fúnebre a la pareja, tocándoles divertidos contrapuntos. Cerca estaba, igualmente, el escritor Stefan Zweig. Supongo que Zweig pensaba que después de escribir su conjunto de biografías proteicas sobre Balzac, Montaigne y Erasmo de Rotterdam, podría dedicarle una al último de los músicos románticos, que estaba muriéndose en la misma embarcación en la que él pasaba las horas jugando partidas de ajedrez.
En efecto, el romanticismo fenecía con Mahler. Y era una muerte colosal, digna de una estética que llevaba más de un siglo entre los hombres. Conservador y anarquista, melancólico y rebelde, solitario y bullicioso, el romanticismo urgía de un ave fénix para que de sus cenizas pudiera brotar la música del porvenir. Mahler, según Pierre Boulez, fue ese pájaro mítico que reclamaban los románticos de toda índole. Y, sin duda, él poseía las condiciones para serlo. Gozaba de un talento fuera de serie como compositor y dominaba como ningún otro el oficio de dirigir orquestas sinfónicas. Hay unos dibujitos de Otto Böhler que, al modo de las caricaturas, muestran muy bien esa versatilidad y ese vigor. Mahler, con su batuta, que en realidad parecía un látigo o una bayoneta, se encoge aquí, se dulcifica acá, se energumeniza más allá, se expande más acá, se volatiliza y se petrifica, se aumenta y se minimiza.
Es verdad que su conocimiento del repertorio romántico le permitió recoger en sus sinfonías la nostalgia bucólica de Beethoven, la gravedad desesperada de Schumann, los estropicios apocalípticos de Berlioz, el misticismo majestuoso de Wagner y la ansiedad cósmica de Bruckner. Acaso consciente de ello, y por ser como un Cristóbal que, en vez de portar a un niño Jesús esperanzado, llevaba sobre los hombros el peso trágico de la orquesta moderna, desdeñó otra música diferente de la del gran formato instrumental. Excelente director de óperas, nunca compuso algo en ese género, aunque intervino en la finalización de una que dejó esbozada Carl Maria von Weber. La música de cámara, en la que la interioridad del genio encuentra su aposento, es casi inexistente en sus dominios. Se podría pensar en su juvenil cuarteto con piano, pero es una obra aún temprana y casi fantasmal por su insularidad. O en los bellísimos lieders que trazó, pero estos son para solista y gran acompañamiento de orquesta. Aunque es imposible pedirle intimidades de cámara a Mahler. Él tenía otras y algunas de ellas expresan las páginas quizás más conmovedoras de la música del siglo XX. Momentos de alto lirismo que se tamizan con las cuerdas, las arpas, los cornos y los oboes de su orquesta monumental.
Lo suyo, en realidad, tenía que ver con muchos músicos. Una orquesta no de cien integrantes, sino que, fortalecida con los coros, llegara hasta mil. Por tal razón, decir Mahler es decir copiosidad de instrumentos y voces en una época en la que las vanguardias musicales más extremas abogaban por la economía. Basta mirar las imágenes que hay, desperdigadas en archivos y bibliotecas, donde se presenta su Octava Sinfonía. Es como una especie de manifestación pública, de asamblea popular, de reunión cívica. Es también, en eso pienso cuando las veo, como si los asistentes a un estadio de fútbol se hubieran ido para la sala de conciertos donde Mahler, el pequeño y enjuto Mahler que se volvía un titán con la batuta en la mano, los esperaba para adoctrinarlos con credos multitudinarios y hacerlos cantar coros apoteósicos. Coros que tienen mucho de aquel otro beethoveniano, que se ha querido imponer como el símbolo fraternal de un espécimen cuyo rasgo, desde el inicio de los siglos, es arrasar a su prójimo con fidelidad inequívoca. Ignoro si el sordo de Bonn creía en el poder didáctico de la música, si pensaba que los obreros, las verduleras y los mensajeros debían escuchar sinfonías y conciertos para sentirse consolados por Orfeo y su cortejo de ménades sulfurosas. Mahler, al contrario, y en sus giras por Estados Unidos, donde lo invitaron, entre 1907 y 1911, a dirigir las orquestas de la gran nación democrática, creía en esas virtudes de los sonidos organizados. En fin, la orquesta para él era el lugar en que la música se volvía confesión desgarrada de un individuo, y que, a la vez, se tornaba en tónico espectáculo para las muchedumbres.
Muchas de las frases de Mahler ayudan a comprender el impulso que lo movía en la composición. Mi deseo, decía, es abrazar al mundo. Y hay ciertos pasajes de su obra que representan muy bien este abrazo entre estruendoso y heroico, entre metafísico y pagano, entre fanfarrionesco y sentimentalista, entre sarcástico y nostálgico. Una vez caminaba con Bruno Walter, su discípulo preferido, por los bosques cercanos a una de esas cabañas diminutas donde él se retiraba para componer. Al ver que Bruno se extasiaba con la grandeza de las montañas y el lago austriacos, Mahler lo previno: “No necesitas mirar la naturaleza, querido, toda ella está contenida en mi obra”. Hablaba, en realidad, de su Tercera sinfonía. Esa catedral para orquesta, coro y soprano donde Mahler, léase la humanidad, habla con las flores, con los animales, con los bosques, con los ángeles y con el amor, es decir con Dios mismo.
Algo hay en este palique expansivo entre creador y criatura que remite, no al Pobre de Asís, que se fundía con Dios a través de las fugaces criaturas de la tierra, sino a una imagen de Miguel Ángel. Aquella en la que el dedo de un Adán corpulento roza el de su hacedor hercúleo. Y con respecto a la Octava Sinfonía, Mahler pensaba que nunca antes los hombres habían escuchado algo parecido. Le escribió a Willem Mengelberg que lo que sonaba allí no eran voces e instrumentos, sino planetas y galaxias. Tanta grandiosidad, sazonada con una buena dosis de literatura epistolar, me hace recordar lo que Miguel de Unamuno pensaba de su Paz en la guerra. Unamuno decía, como si Mahler estuviera soplándole en el oído el símil: “Esto no es una novela, es un pueblo”. Pero hay algo más que ayuda a comprender mejor la dinámica de su música. El sabía que esta debía imponerse como una insignia del arte moderno, y que lo suyo, irrefutablemente, tenía que ver con eso que los sociólogos llaman masificación de la cultura. Mahler, como Wagner, como Liszt, como Richard Strauss, entendió que para que lo escucharan las masas del futuro debía hacer el mayor ruido posible.
Y sí que lo hizo. El 12 de septiembre de 1910 se estrenó en Munich, y en el Palacio de Exposiciones, su Octava Sinfonía. ¿En dónde más se podían tocar sus obras cataclísmicas, sino en lugares parecidos a hangares y a coliseos cubiertos? La Octava pretende ser un canto a las fuerzas ígneas y divinas de la creación, mezclando versos medievales con potencias panteísticas propias del Segundo Fausto de Goethe. Tal dosis sonora, muy apropiada para melómanos con delirios de grandeza, sería la última de sus obras que él habría de escuchar en vida. “Es lo más inmenso que se ha compuesto jamás”, dicen que exclamó al desgaire para prevenir a los escuchas. Y estos, por supuesto, tras la convocación, vinieron en tropel desde diferentes lugares de Europa. En Munich se concentró esa intelectualidad culta y cosmopolita que iba a desaparecer pronto entre los cañones de la primera guerra mundial. En el concierto, y en primera fila, estuvieron los músicos del ahora y del después (Strauss, Saint Saëns, Schönberg), los que un poco más tarde iban a ser los herederos de la batuta circense de Mahler (Walter, Stokowski y Mengelberg), y los escritores que admiraban la personalidad del compositor (una vez más Zweigh y Thomas Mann). Este último saldría tan impresionado del estreno que dijo que la personalidad de Mahler era de las que ardían y consumían todo a su alrededor. A la postre, lo del ave fénix ya lo había vislumbrado, antes que Boulez, la intuición de Mann.
No es verdad, es más bien una idea acomodaticia con la que crecieron quienes se educaron sensorialmente viendo películas italianas en los años sesenta, que el protagonista de La muerte en Venecia de Mann se llama Gustav por el músico. Es posible que Mann hubiera salido de aquel concierto excesivo con la idea de escribir la historia de Gustav von Aschenbach, escritor decadente y amante de la belleza y de la luz latina, que muere en Venecia más o menos a la misma edad que Mahler habría de fallecer en Viena. Pero fue Luchino Visconti quien llevó la novela al cine y empezó a provocar equívocos. Como Gustav Mahler, el Gustav Aschenbach de la película también es músico, ha perdido a su pequeña hija, y su relación matrimonial anda en crisis. Además, para enredar más el asunto, Visconti puso como fondo el célebre adagietto de la Quinta Sinfonía. Pero hasta ahí van las similitudes, porque la homosexualidad de Visconti, que viene de la novela y se trasmite al filme, no tiene nada que ver con el heterosexual de capa y espada que fue Mahler.
Fue también un apátrida particular. La conocida frase que sustenta esta circunstancia la escribió cuando iba y venía, por el imperio austro húngaro, dirigiendo orquestas más o menos mediocres: “Soy tres veces apátrida: como originario de Bohemia entre los austriacos, como austriaco entre los alemanes y como judío en el mundo entero”. Pero a Mahler lo judío le resbalaba un poco. En verdad, para nada le importaban esas vainas que tienen que ver con orígenes, familia, raza o emblemas atávicos. Tanto que para conseguir el puesto de Director de la Opera de Viena se hizo bautizar como católico. Estratégico y ambicioso, Mahler recibió el agua bendita sobre la cabeza y el prepucio escindido, y fue aceptado, aunque a tropiezos, por uno de los círculos más conservadores y furiosamente antisemitas de la Europa de entonces. El compositor subió al máximo podio orquestal de Europa, sintiéndose penetrado no por el sagrado corazón de Jesús, ni por el panteón de sus vírgenes plañideras, sino por una suerte de panteísmo nietzcheano que puede respirarse en algunos de sus fragmentos sinfónicos. Y en lo que respecta al dios oficial, el de ese catolicismo germánico plagado de energúmenos racistas belle époque, para él era simplemente un emblema agónico. En fin, esa pesada atmósfera de Viena la resistió hasta 1907, cuando aceptó ir a Estados Unidos con un sueldo que hoy todavía resulta llamativo: 220.000 euros por realizar una gira de tres meses de encarnizado trabajo.
Luego conoció a Alma, una de las mujeres más bellas e inteligentes de la Viena de principios de siglo, y a los meses se casó con ella. No es exagerado hacer la comparación: así como Mahler sometió con su batuta y su carácter despótico a los músicos de sus orquestas, hizo más o menos lo mismo con su mujer. Alma tenía sensibilidad y talento para la música. Su esposo, sin embargo, urgía que todo lo circundante, y lo que tuviera que ver con los pentagramas, estuviese al servicio de su obra. Él le prohibió componer cualquier cosa. Le ordenó encargarse de su música, de las dos hijas que iban creciendo, de la economía de la casa que siempre estaba llena de deudas. “Sentía que no era más que su sombra”, escribe Alma en sus Recuerdos. Y solo basta pensar en su oficio de copiar en limpio aquellas sinfonías magnánimas, para recordar a la esclava del otro gran señor del arte: la Sofía Behrs, que copiaba y recopiaba, hasta que los dedos se le entumecían, las enormes novelas de León Tolstoi. Y me atrevo pensar que no fue nada raro que Alma, fenecido su genio apabullante, con el paso de los años, se convirtiera en una antisemita más o menos ejemplar.
Pero regresemos al navío del inicio. Alma se ha corrido para que el fotógrafo enfoque mejor a Gustav Mahler. Él está a punto de caerse porque la debilidad es mucha y se le pasa el bastón. La mujer se llena de fuerzas, ofrece excusas, le arregla el sombrero y las gafas a su esposo. Así era Alma: solícita, cariñosa, servicial hasta el límite. Debía estar al tanto de lo que era menester para ese músico siempre distante de las nimiedades cotidianas. Antes del bombazo de la cámara, Mahler respira profundo. Está incómodo por el ruido de esos aparatos que reflejan en el papel la imagen de los que pronto estarán muertos. Se resigna e intenta sonreír. No hay nada, empero, capaz de expulsarle la desolación desde que supo de su corazón en desahucio. Sabe también que deja obras empezadas. Sobre todo una nueva sinfonía, la Décima, de la cual solo ha compuesto un extenso adagio y esbozos de otros movimientos. Qué ironía: Mahler había pasado tantos años dirigiendo orquestas y ahora, cuando creía que le era posible vivir de los buenos emolumentos recibidos en Estados Unidos, para dedicarse del todo a la composición, se le atraviesa la parca en forma de estreptococos incurables.
Al llegar a Europa lo esperaban médicos y enfermeras. El compositor se desvanecía cada vez más. Los desmayos aumentaron en París, por lo que le destinaron un vagón de urgencias para que llegara vivo a Viena. Mahler pensó, fugazmente, que sería mejor morir en Amsterdam, pues era la ciudad donde se había sentido siempre como en casa. Allá estaba la orquesta, la del Concertgebouw, que mejor interpretaba sus obras. Y residía su joven colega, Mengerlberg, que lo veneraba hasta el punto de que ponía dos veces en el mismo programa su Cuarta Sinfonía. Ese director que, junto a Bruno Walter, se encargó de seguir montando las sinfonías de Mahler durante un período en que su música fue reducida a la prohibición –así lo hicieron los nazis durante su funesto reinado- y a la indiferencia. Pero todo destino final es incorregible. Viena estaba ya de luto. Las instancias oficiales se paralizaron, como si se tratara de la agonía de un jefe de Estado. Transcurría el mes de mayo y aún no debía hacer tanto calor. Mahler se extinguió el 18, cerca de la medianoche, bajo una temperatura de cuarenta grados centígrados. Una tormenta inesperada estalló, como uno de esos instantes de sus obras en las que el universo parece desbocarse sin causa aparente, cuando entró en la fase final. Dicen que al morir, la lluvia y el viento también cesaron. A los grandes hombres, la naturaleza los suele despedir de tal guisa. Mahler no quería que se tocara ni una nota en su sepelio y así se hizo. Uno sus biógrafos más minuciosos cuenta que cuando el ataúd se escondió del todo, un pájaro cantó una melodía sucinta en la amplitud del campo santo. Nada más probaba que una nueva época musical, inclinada a la brevedad y a la contención, podía iniciarse.